Uno de los recuerdos más antiguos a los que me alcanza la memoria es el de un niño de cinco o seis años, gordo como un botillo del Bierzo, correteando por los caminos de una aldea gallega. Es verano, agosto en la imagen que se me forma tras los párpados cuando los cierro, y el muchacho sólo viste un calzoncillo de esos antiguos, con bragueta, de los que al cabo de unos años nos avergonzábamos y decíamos que era nuestra madre quien los compraba.
Completan el atuendo del pequeño unas zapatillas de deporte marrones, un cuarto de kilo de polvo repartido por toda la piel y una cantidad ingente de arañazos. Las heridas, levísimos rasguños que ni siquiera sangran, se las ha provocado recolectando moras entre las espinas de las zarzas. No quiere los frutos calientes y sucios que podría alcanzar sin esfuerzo.
Al caer el sol, atraviesa el pueblo, de doce habitantes, para llegar a la casa en la que su abuela lo espera con la cena a medio preparar, jabón y un barreño de agua templada. Algunos días, cuando termina el baño, esa agua no se diferencia demasiado en el color del Colacao que desayunará al día siguiente. La yaya finge regañarle por lo sucio que llega cada día de las vacaciones que pasa allí, mientras el abuelo hace como que lo defiende.

Y de esas dos personas nació una mujer que marcó la vida del chico. Cada mañana, con una paciencia más allá de lo exigible a un ser humano, da de desayunar a sus dos hijos: en un cazo de leche, cereales solubles y pan, va metiendo la cuchara y, bocado a la derecha, bocado a la izquierda, manda al chico y a su hermana, cinco años menor, a la escuela bien comidos, limpitos y preparados para las aventuras que les traiga la jornada.
Luego, se queda sola un rato, que aprovecha para las labores domésticas y, a lo mejor pensar un poco en ella. Sólo un poco y sólo pensar: jamás se ha regalado nada a sí misma. Un trabajo de modista para aportar a una economía familiar que sería insostenible sin su administración, más niños, más casa, un beso de bienvenida al agotado esposo… Tanto quiere a sus hijos que renuncia a ellos para que reciban una educación mejor que la muy deficiente que pueden hallar en un pueblo sin apenas vida cultural ni recursos en ese sentido. Es quizá la decisión más dolorosa que ha tomado nunca. Llora cuando no la ven, por mucho que sepa que ha hecho lo mejor, para su hijo y para su hija.
Una hija que, tras enterrar su vida entre los libros, sacrificando fiesta, amigos y amores, obtiene el título de enfermera (o como se les llame ahora, retorciendo el leguaje para que nos olvidemos de enderezar sus derechos. Un besito para el SERGAS) y el de terapeuta ocupacional. Oposita o, lo que es lo mismo para el personal sanitario en Galicia, pierde tiempo y dinero (otro besito para el SERGAS). También ha probado suerte en la sanidad privada, donde llegan a decirle que no “está lo bastante buena” para que le den la plaza. Tal cual. Sicut.
Doble titulación; eficiencia más que demostrada en unas prácticas –no pagadas, por cierto-; capaz de tratar, apaciguar y enseñar al paciente más cerril; apasionada como pocos por su trabajo, en el que evoluciona y se recicla casi a diario; digan lo que digan, más guapa que un San Luis… y el dueño de una clínica no la contrata porque no se la pone dura.
Termino con el recuerdo más reciente, de ayer mismo: resulta que un empresario, actor, cantante y presentador, mediocre en todas estas facetas y cuyo mérito verdadero es llevar un apellido al que no honra, decía: “En España no hace falta un movimiento feminista”. Mi abuela, mi madre, mi hermana, mi mujer y mi hijastra te agradecen la aportación. Imbécil.



